El inconsciente folklórico dice: “De poetas y de locos, todos tenemos un poco”. Y con estas palabras, el ideario popular justifica cualquier intento artístico. Es cierto que, dentro de cada uno de nosotros, reside una chispa de creatividad y una pizca de irracionalidad. Estos elementos, aunque a menudo se perciben como opuestos a la lógica y la razón, son esenciales para nuestra experiencia y comprensión del mundo. La poesía y la locura, aparentemente dispares, están intrínsecamente vinculadas a nuestra naturaleza, y ambas facetas alimentan el lado “humano” de la sociedad.
En cada persona, hay una inclinación hacia la poesía, aunque no siempre se exprese de manera evidente. Para Freud, la poesía es una expresión del inconsciente, un “sueño diurno” que permite descargar tensiones y fantasear, funcionando como forma de apaciguamiento del deseo no cumplido, similar al juego infantil, donde el lenguaje se usa para la conmoción afectiva y no solo para la significación lógica. De manera natural, el niño, al igual que el poeta, nos impacta con palabras que nos toman desprevenidos; salvo que nos reímos del niño y nos emocionamos con el poeta.
Por otro lado, la locura, o lo que se percibe como tal, representa una ruptura con la realidad consensuada y las normas sociales. A lo largo de la historia, muchos individuos que han sido etiquetados como “locos” han demostrado tener una visión del mundo que desafía el statu quo y abre nuevas posibilidades de pensamiento y creación. La línea entre la genialidad y la locura es, a menudo, discutida. Figuras como Vincent van Gogh o Alejandra Pizarnik ejemplifican cómo el sufrimiento por la realidad puede ir de la mano con una gran capacidad artística que impacta profundamente en la fibra sensible de sus receptores.
Sin embargo, conviene no confundir esta afinidad con una apología ingenua del padecimiento. No toda ruptura con la norma es revelación, ni todo extravío es visión. Existe una diferencia sustancial entre la experiencia simbólica que amplía la percepción y el sufrimiento psíquico que la clausura. La cultura ha oscilado entre patologizar al visionario y romantizar al enfermo; en ambos casos, el riesgo es reducir la complejidad de la experiencia humana a una etiqueta tranquilizadora. Si la poesía y aquello que llamamos locura comparten un territorio, no es el del desorden sin más, sino el de una sensibilidad intensificada que desafía los límites de lo habitual sin por ello perder la conciencia de su fragilidad.
Esta afinidad entre poesía y locura no es accidental, coexisten en el ámbito artístico y personal, a menudo se entrelazan de maneras complejas y enriquecedoras, desafiando las fronteras de la razón y la convención. Esta unión no es una mera coincidencia, sino una profunda afinidad que se ha explorado a lo largo de la historia de la literatura y el pensamiento. En este contexto, el poeta y místico William Blake ofrece una síntesis magistral de esta dualidad en su obra profética El matrimonio del cielo y el infierno. Blake no ve la locura y la razón como opuestos irreconciliables, sino como energías complementarias necesarias para la visión completa y escribe: "Si las puertas de la percepción se limpiaran, todo aparecería tal como es, infinito."
Esta declaración unifica la polaridad de criterios al sugerir que tanto la poesía como lo que se etiqueta como locura son, en esencia, diferentes métodos para limpiar esas puertas. La mente "limpia" es aquella que ha superado las limitaciones impuestas por la percepción utilitaria y convencional, permitiendo que la realidad se revele en su verdadera, inmensa y a menudo aterradora infinitud. Así, el camino del poeta y el del "loco" pueden ser senderos divergentes que convergen en el mismo punto de revelación, donde la imaginación y la visión se convierten en la única y auténtica realidad.
Tal vez un sueño lúcido, quizás una puerta limpia, o un niño jugando con las palabras;basta un loco, un poeta, para decir que todo está por hacerse.

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