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Cesar Vallejo: Un heraldo en la espuma

Cesar Vallejo: Un heraldo en la espuma

 

Cesar Vallejo en el parque de Versalles 1929

Urgía la escritura en la pluma de César Vallejo, aquel miércoles 27 de octubre de 1937. Pero la espuma, quizás de bronca, quizás de rabia, tal vez reminiscente a aquel mar peruano; su terruño añorado, que le dio la cárcel y el poema más prodigioso de la América hispana, (Los Heraldos negros), imprime su perfil limitante.

“Quiero escribir, pero me sale espuma”. Así comienza Cesar Vallejo, a moldear en su soneto, la frustración de no poder plasmar lo que él quiere escribir. En esa sensación de impotencia concibe la metafórica imagen de la pálida, liviana y jabonosa escritura que él llama “espuma”. Y luego, por si la metáfora no fuera suficiente, simplifica la forma y dice: “quiero decir muchísimo y me atollo”.

Lo curioso es que estas líneas, que Vallejo asegura que no dicen lo que verdaderamente siente, ya son, en sí mismas, una declamación poética de su propio espíritu. Al no poder plasmar lo que interiormente quiere escribir, el poeta reflexiona sobre su imposibilidad y arremete sobre el soneto imprimiendo su condición metafísica: “no hay cifra hablada que no sea suma, no hay pirámide escrita, sin cogollo.”

Detrás de esa impotencia confesada, Vallejo despliega una poética de la conciencia fracturada. El poeta sabe que toda palabra es ya un exceso y un defecto: exceso, porque dice más de lo que el sujeto quisiera controlar; defecto, porque nunca alcanza a encarnar del todo aquello que en el fondo lo convoca. En este conflicto entre querer decir y poder decir, el poema se vuelve un testimonio del fracaso constitutivo del lenguaje, pero también del acto heroico —y trágico— de seguir intentando.

Por eso introduce la imagen del puma: Quiero escribir, pero me siento puma; quiero laurearme, pero me encebollo.” El puma no es aquí solo un símbolo de fiereza o impulso vital; es, sobre todo, la fuerza instintiva que vibra en el poeta cuando la mente se enreda. El puma es la vida todavía no nombrada, la energía previa al signo, la potencia bruta que precede al poema y que, sin embargo, también lo amenaza. De ahí la extraña tensión: Vallejo quiere laurearse —erigirse en poeta vencedor sobre el caos interior—, pero se “encebollla”, tropieza con su propia espesura. La cebolla es metáfora transparente del sujeto vallejiano: estratos sobre estratos, dolores concéntricos, capas de sentido que nunca llegan al centro luminoso, porque cada intento de pelarlas es también un llanto.

En este punto aparece una intuición decisiva: “No hay toz hablada, que no llegue a bruma, no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo” … Vallejo reconoce que incluso la divinidad —si existe como palabra o como forma mental— necesita desplegarse, narrarse, devenir. Nada es sin proceso, nada es sin movimiento. Y es justamente el movimiento lo que la espuma intenta negar, porque la espuma es lo que se rompe en el instante mismo de formarse. El poeta vive entonces en una dialéctica imposible: quiere progresar hacia el núcleo de lo indecible, pero lo que brota es siempre una materia que se disuelve.

El terceto final del soneto despierta otra dimensión: la del descenso. Vallejo invita a irse “a comer yerba, carne de llanto, fruta de gemido”. Es casi una liturgia invertida: en vez de ascender hacia la idea, hay que hundirse en la raíz del sufrimiento humano. Comer la yerba es aceptar la animalidad; comer el llanto es reconocer la historia; comer el gemido es asumir la mortalidad. En vez de escribir desde la torre del poeta, Vallejo elige la intemperie.

Ese llamado —“¡Vámonos!”— es la voz del herido que entiende que la conciencia sólo se completa cuando se atreve a beber “lo ya bebido”. El pasado retorna, no como nostalgia, sino como memoria encarnada: lo que ya se ha vivido, ya se ha llorado, ya se ha perdido, debe volver a ingerirse para que adquiera sentido. No hay progreso lineal; hay rumiación ontológica. La existencia es un eterno retorno del dolor y del deseo de decirlo.

Finalmente, la figura del cuervo —ave de mal agüero, testigo de la muerte, pero también mensajero entre mundos y ayudante de Odín— introduce una extraña fecundidad. Fecundar la “cuerva” es engendrar poesía desde la sombra, desde la herida, desde el límite mismo del lenguaje. Es un acto creador que acepta su origen oscuro. Vallejo no busca la claridad, sino la verdad; y la verdad, para él, es siempre una criatura nacida de la noche.

Así, Intensidad y altura no es solamente el registro de un poeta que dice no poder escribir. Es, más profundamente, un manifiesto sobre la condición humana frente a la palabra. Escribir, para Vallejo, es entrar en combate con la insuficiencia misma del mundo, es fracasar mientras se aspira a lo absoluto, es balbucear espuma esperando que, milagrosamente, algo de altura emerja.

Ese miércoles de 1937, Vallejo no solo se enfrentó a la página en blanco, sino al vértigo de existir. Su poema testimonia que incluso en lo inefable del lenguaje se puede vislumbrar una forma de redención: la de decir, aun cuando decir sea imposible. Porque en ese imposible resuena, precisamente, la intensidad que sostiene toda verdadera poesía.


Intensidad y Altura

Quiero escribir, pero me sale espuma,

quiero decir muchísimo y me atollo;

no hay cifra hablada que no sea suma,

no hay pirámide escrita, sin cogollo.

 

Quiero escribir, pero me siento puma;

quiero laurearme, pero me encebollo.

No hay toz hablada, que no llegue a bruma,

no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

 

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,

carne de llanto, fruta de gemido,

nuestra alma melancólica en conserva.

 

Vámonos! Vámonos! Estoy herido;

Vámonos a beber lo ya bebido,

vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.

 

- Cesar Vallejo


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