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| Cesar Vallejo en el parque de Versalles 1929 |
“Quiero
escribir, pero me sale espuma”. Así comienza Cesar Vallejo, a
moldear en su soneto, la frustración de no poder plasmar lo que él quiere
escribir. En esa sensación de impotencia concibe la metafórica imagen de la
pálida, liviana y jabonosa escritura que él llama “espuma”. Y luego, por si la
metáfora no fuera suficiente, simplifica la forma y dice: “quiero decir
muchísimo y me atollo”.
Lo curioso es que estas líneas,
que Vallejo asegura que no dicen lo que verdaderamente siente, ya son, en sí
mismas, una declamación poética de su propio espíritu. Al no poder plasmar lo
que interiormente quiere escribir, el poeta reflexiona sobre su imposibilidad y
arremete sobre el soneto imprimiendo su condición metafísica: “no hay cifra
hablada que no sea suma, no hay pirámide escrita, sin cogollo.”
Detrás de esa impotencia
confesada, Vallejo despliega una poética de la conciencia fracturada. El poeta
sabe que toda palabra es ya un exceso y un defecto: exceso, porque dice más de
lo que el sujeto quisiera controlar; defecto, porque nunca alcanza a encarnar
del todo aquello que en el fondo lo convoca. En este conflicto entre querer
decir y poder decir, el poema se vuelve un testimonio del fracaso constitutivo
del lenguaje, pero también del acto heroico —y trágico— de seguir intentando.
Por eso introduce la imagen del
puma: “Quiero escribir, pero me siento puma; quiero laurearme, pero me
encebollo.” El puma no es aquí solo un símbolo de fiereza o impulso vital;
es, sobre todo, la fuerza instintiva que vibra en el poeta cuando la mente se
enreda. El puma es la vida todavía no nombrada, la energía previa al signo, la
potencia bruta que precede al poema y que, sin embargo, también lo amenaza. De
ahí la extraña tensión: Vallejo quiere laurearse —erigirse en poeta vencedor
sobre el caos interior—, pero se “encebollla”, tropieza con su propia
espesura. La cebolla es metáfora transparente del sujeto vallejiano: estratos
sobre estratos, dolores concéntricos, capas de sentido que nunca llegan al
centro luminoso, porque cada intento de pelarlas es también un llanto.
En este punto aparece una
intuición decisiva: “No hay toz hablada, que no llegue a bruma, no hay dios
ni hijo de dios, sin desarrollo” … Vallejo reconoce que incluso la
divinidad —si existe como palabra o como forma mental— necesita desplegarse,
narrarse, devenir. Nada es sin proceso, nada es sin movimiento. Y es justamente
el movimiento lo que la espuma intenta negar, porque la espuma es lo que se
rompe en el instante mismo de formarse. El poeta vive entonces en una
dialéctica imposible: quiere progresar hacia el núcleo de lo indecible, pero lo
que brota es siempre una materia que se disuelve.
El terceto final del soneto
despierta otra dimensión: la del descenso. Vallejo invita a irse “a comer
yerba, carne de llanto, fruta de gemido”. Es casi una liturgia invertida:
en vez de ascender hacia la idea, hay que hundirse en la raíz del sufrimiento
humano. Comer la yerba es aceptar la animalidad; comer el llanto es reconocer
la historia; comer el gemido es asumir la mortalidad. En vez de escribir desde
la torre del poeta, Vallejo elige la intemperie.
Ese llamado —“¡Vámonos!”—
es la voz del herido que entiende que la conciencia sólo se completa cuando se
atreve a beber “lo ya bebido”. El pasado retorna, no como nostalgia,
sino como memoria encarnada: lo que ya se ha vivido, ya se ha llorado, ya se ha
perdido, debe volver a ingerirse para que adquiera sentido. No hay progreso
lineal; hay rumiación ontológica. La existencia es un eterno retorno del dolor
y del deseo de decirlo.
Finalmente, la figura del cuervo
—ave de mal agüero, testigo de la muerte, pero también mensajero entre mundos y
ayudante de Odín— introduce una extraña fecundidad. Fecundar la “cuerva” es
engendrar poesía desde la sombra, desde la herida, desde el límite mismo del
lenguaje. Es un acto creador que acepta su origen oscuro. Vallejo no busca la
claridad, sino la verdad; y la verdad, para él, es siempre una criatura nacida
de la noche.
Así, “Intensidad y altura”
no es solamente el registro de un poeta que dice no poder escribir. Es, más
profundamente, un manifiesto sobre la condición humana frente a la palabra.
Escribir, para Vallejo, es entrar en combate con la insuficiencia misma del
mundo, es fracasar mientras se aspira a lo absoluto, es balbucear espuma
esperando que, milagrosamente, algo de altura emerja.
Ese miércoles de 1937, Vallejo no
solo se enfrentó a la página en blanco, sino al vértigo de existir. Su poema
testimonia que incluso en lo inefable del lenguaje se puede vislumbrar una
forma de redención: la de decir, aun cuando decir sea imposible. Porque en ese
imposible resuena, precisamente, la intensidad que sostiene toda verdadera
poesía.
Intensidad y Altura
Quiero
escribir, pero me sale espuma,
quiero decir
muchísimo y me atollo;
no hay cifra
hablada que no sea suma,
no hay
pirámide escrita, sin cogollo.
Quiero
escribir, pero me siento puma;
quiero
laurearme, pero me encebollo.
No hay toz
hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios
ni hijo de dios, sin desarrollo.
Vámonos,
pues, por eso, a comer yerba,
carne de
llanto, fruta de gemido,
nuestra alma
melancólica en conserva.
Vámonos!
Vámonos! Estoy herido;
Vámonos a
beber lo ya bebido,
vámonos,
cuervo, a fecundar tu cuerva.
- Cesar Vallejo

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